Siria, tres años después. Esperando volver a casa

Niños juegan en el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania. Foto: Oxfam

La mayor parte de los 2,5 millones de refugiados sirios que han encontrado asilo en países vecinos como el Líbano, Jordania, Iraq o Egipto, eran ciudadanos y ciudadanas corrientes, como todo el mundo. Llevaban una vida buena y sencilla y tenían un medio de subsistencia o un negocio con el que ganarse la vida. Vivían en su país con sus familias, en paz y seguridad.

Sin embargo, tres años después del inicio del conflicto sirio, la esperanza de muchas personas refugiadas de volver próximamente a su país comienza a desvanecerse. Viven en un limbo, luchando cada día por sobrevivir y sin saber qué les depara el futuro. Hoy, muchas sufren las consecuencias físicas y mentales de haber tenido que huir de sus hogares y de dejar atrás a sus familiares o verlos morir. La mayoría de los niños y niñas refugiados ni siquiera van a la escuela.

La comunidad internacional debe contribuir de forma urgente a poner fin a esta crisis para que las personas refugiadas y desplazas internamente puedan regresar a sus casas y reconstruir sus vidas.

Estas son algunas de sus historias:

Um Majd: "No importa donde vayas. En ningún lugar se está como en casa".

Fotografía de Um Majd tendiendo la colada en el campo de refugiados de Zaatari.

Um Majd huyó de Siria por el bien de sus cuatro hijos. Temía que perdiesen la vida si se quedaban.

Ahora viven en el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania. "Es como morir lentamente. Como si nos hubieran encerrado en una botella y de vez en cuando dejarán pasar un poco de aire para, después, volver a cerrarla". Continuar leyendo

Huir de Siria con cuatro hijos en mitad del invierno es una experiencia muy dura. Um cuenta: "Tuvimos que pasar por muchas cosas. No paraba de llover y a mis hijos les resultaba muy difícil. Se pusieron enfermos durante el viaje. Además, cuando por fin llegamos aquí no teníamos muchas cosas. Cuando huyes, no coges demasiado. A ti misma, a tus hijos y te vas con lo puesto".

Se siente atrapada cada minuto de cada día y ansía volver a casa.

"Todos nos sentimos deprimidos, desde los niños a las personas ancianas. Mi hijo, que tiene casi siete años, me dijo que quiere volver a Siria porque sería mejor que quedarse aquí. Le contesté que si volvíamos, moriríamos. Y me dijo: 'Vale, pero vámonos a casa'. ¿Te imaginas que un niño de siete años te diga algo así?".

Um Majd tiene un mensaje para los líderes mundiales y la comunidad internacional: "Me gustaría pedir a todos los países que den apoyo al pueblo sirio. No económico sino psicológico. Que se pongan de nuestro lado y lo demuestren, y no se queden simplemente mirando".

Hamdo: "Nunca, nunca, nunca imaginamos que pudiera ocurrir algo así”.

Hamdo enseñando a una niña un libro de texto.

Este padre de 38 años lucha para superar el trauma de haber dejado a su país y de lo que vio antes de dejar su hogar en Gouta, cerca de Damasco.

"Cuando dejé Siria creía que el conflicto acabaría en seis o siete meses. Me marché por mis hijos. Estaban sufriendo, tanto físicamente como psicológicamente. Cada vez que oían aviones o camiones comenzaban a gritar aterrados. Cuando llegamos a Jordania aún se asustaban al escuchar ruidos fuertes. Creían que eran disparos". Continuar leyendo

Ahora viven en una pequeña y húmeda casa en Baqa'a, en las afueras de Amman.

"Antes de la crisis, vivíamos cómodamente. Yo era feliz con mi vida y mi trabajo. Tenía una carnicería con mis seis hermanos. No hay nada más difícil que estar muy unido a tu familia y tener que separarte de ella".

A Hamdo le resulta difícil soportar el trauma de haber dejado su país, pero trabajar como voluntario para ayudar a otros refugiados sirios a superar el dolor le ha ayudado mucho.

"Cuando llegué no conocía a nadie aquí, en Jordania, pero Oxfam me ha abierto las puertas gracias a sus actividades. He conocido a mucha gente. Ahora vivo en una comunidad con personas jordanas y sirias y la relación entre nosotros ha mejorado", afirma.

Ammar: "Echo de menos el olor del jazmín, las preciosas mañanas... Echo de menos mi país".

 La hija de Ammar le pide que le abra un paquete de comida mientras su hermano mayor observa atento.

Ammar, de 37 años, vive junto a su mujer y su joven familia en Jordania desde enero de 2013. Durante los últimos tres meses ha vivido en una casa de tres estancias en el campo de Baqa'a, en las afueras de Amman.

Ammar era sastre en Siria y tenía una buena vida: "Era un ciudadano más. Vivía de forma sencilla, con mi familia, en paz y seguridad. Tenía una buena vida". Continuar leyendo

Pero la casa de Ammar aquí, en Jordania, tiene humedades y es extremadamente fría. "No podemos permitirnos vivir aquí. El alquiler, cien dinares jordanos al mes (unos 140 dólares) es demasiado. No tenemos dinero. Ni siquiera tenemos suficiente que comer", señala.

Ammar sufre depresión y secuelas psicológicas provocadas por las vivencias del conflicto en Siria. "El último año he estado mal. Tuve tres infartos debido al dolor y el sufrimiento por la situación en Aleppo. Un día escuché las noticias y no pude dejar de llorar en toda la noche por el dolor. Al día siguiente sufrí un infarto. Tengo que tomar tres pastillas diarias que cuestan 70 dinares jordanos (100 dólares)", dice.

Ammar cuenta: "Tres años y seguimos haciendo las mismas preguntas y recibiendo las mismas respuestas. Hay que poner fin a esto. Todos somos seres humanos, hermanos. Creo que nadie se da cuenta de lo que nos está ocurriendo. Todo lo que quiero es tener algo que comer y beber, y un medio para ganarme la vida. No quiero ser rico. Sólo poder vivir".

Oxfam ha suministrado a Ammar y a su familia productos de higiene y limpieza. Con ellos evitan el contagio de enfermedades y, además, Ammar puede gastar el dinero en otros bienes de primera necesidad. Oxfam también le ha proporcionado dinero para que pueda pagar el alquiler de su casa, para que él, su mujer y sus tres hijos tengan un techo.

Nada Al Musari: "Mi principal reto es cuidar de mi familia".

 Nada sonríe y abraza a su hijo de 25 años.

Nada es una madre fuerte e independiente de 54 años que huyó de Siria hace año y medio. Ahora vive en Jordania junto a su marido Abu Naser, y sus dos hijos: Naser, que era músico y ahora padece una discapacidad física provocada por el disparo de un francotirador, y Somar.

"Desearía que la comunidad internacional diera apoyo a las personas heridas porque ahora hay muchísimas y no tenemos suficiente con qué ayudarles". Continuar leyendo

Muchos de miembros de su familia y amigos murieron en Siria debido a una bomba de mortero que cayó cerca de su casa. Sólo sobrevivió su hijo Somar.

"Cuando ocurrió la explosión no sabía qué hacer. Pensé que mi hijo había muerto. Fui a ver y mi primo y mis amigos estaban muertos pero mi hijo, vivo. Él fue el único superviviente", dice.

"Creí que Jordania sería el lugar más seguro para nosotros. El más seguro de todo Oriente Próximo. Además, la asistencia sanitaria es buena y eso es importante para mi hijo discapacitado".

Nada trabaja como voluntaria comunitaria con Oxfam y ayuda en la distribución de vales para dinero, filtros de agua y productos de higiene en Zarqaa. Pero su principal preocupación es su familia, y las personas que han resultado heridas por la guerra.

Nada dice: "Espero que podamos volver a Siria y que mi hijo pueda volver a trabajar. Desearía que la comunidad internacional diera apoyo a las personas heridas porque ahora hay muchísimas y no tenemos suficiente con qué ayudarles".

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