Las mujeres de Gonnoruwa están sentadas enfrente de la presa, construida con ayuda de Oxfam, que ha transformado sus cosechas y sus vidas. Autor: Atul Loke/Panos para Oxfam
“La mayoría de los hombres han cambiado de actitud gracias al proyecto de la anicut”

4º aniversario tsunami: conseguir agua para una aldea sedienta, Sri Lanka

“Es la felicidad total”
K. Somawathi

Tras el tsunami, Oxfam Internacional ayudó a una empobrecida comunidad agrícola de Sri Lanka a encontrar una solución para su mayor y más devastador problema: la sequía. El proyecto, definido por un instituto participativo como una buena muestra de ayuda humanitaria que apoya la iniciativa de una comunidad, ilustra la importancia de darle salida a las prioridades de la misma.



El agua retenida por la anicut (presa) de Gonnoruwa está serena, fresca y es muy esperada. Aquí, en un recodo del río Malarara, el agua que contiene la presa atraviesa la compuerta de un canal construido a mano.



“En la época de mis abuelos, de mis padres y en la mía propia, siempre tuvimos la idea de aprovechar el agua del río para nuestras cosechas”, dice D. A. Ekanayaka, que vive en la aldea. “Toda esta gente, durante generaciones, supo que se podía aprovechar esta agua, pero no sabía cómo hacerlo”.



Estamos en la región seca de Sri Lanka, donde el riego es una parte fundamental para el desarrollo de la agricultura. A pesar de que el río Malarara está a tan sólo unos pocos kilómetros de la aldea de Gonnoruwa, los padres y abuelos de Ekanayaka no tenían medios para transportar de A a B suficiente agua para las cosechas. Como resultado, se perdían las cosechas, en ocasiones hasta cuatro temporadas de cinco. Los habitantes de la aldea vivían prácticamente en la miseria y se veían forzados a recurrir a préstamos para superar las interminables épocas de escasez.



Después llegó el tsunami, que acabó con la vida de 60 habitantes de Gonnoruwa y de una comunidad vecina. Si la ola hubiera azotado otro día de la semana, la aldea habría salido indemne ya que Gonnoruwa se encuentra a 25 kilómetros tierra adentro. Sin embargo, el 26 de diciembre era día de mercado en la ciudad costera de Hambantota, y muchos que habían ido allí a comprar y vender nunca regresaron.



Pero, tras la catástrofe, cuando las agencias de ayuda humanitaria ofrecieron comida a los vecinos de la aldea, éstos adoptaron una perspectiva a largo plazo: lo que necesitaban no era comida, sino medios para cultivarla. Si realmente queréis ayudarnos, dijeron los vecinos a las agencias de ayuda humanitaria, ayudadnos a conseguir agua para nuestras cosechas. Oxfam aceptó la petición.



Un pequeño grupo de mujeres de la aldea se hicieron cargo del proyecto de la anicut. Eran ellas las que negociaban con Oxfam, las autoridades encargadas de los sistemas de irrigación, los obreros y los proveedores. Y organizaron a toda la comunidad para que ayudara en las tareas de transporte de materiales y de preparación del hormigón.



Estas mujeres, que estaban asumiendo un papel de mando generalmente ostentado por hombres, se vieron puestas a prueba desde el primer día.



“Al comienzo, los hombres intentaron varias tácticas para ver si las mujeres nos dábamos por vencidas o si teníamos el valor de seguir adelante”, dice Mallika Abayakoon.



En casa, los maridos se quejaban de que desatendían las labores domésticas tales como cocinar, limpiar o cuidar de los niños; mientras, en la obra, se negaban a realizar las tareas que se les asignaban. Sin embargo, las mujeres demostraron ser duras de pelar. Cuando los hombres no querían llevar a cabo las tareas asignadas o se quejaban del salario, las mujeres simplemente tomaban la iniciativa y hacían el trabajo ellas mismas, aunque eso implicara grandes esfuerzos como en la preparación del hormigón.



Por otra parte, siempre contaron con el apoyo de un pequeño grupo de hombres de la aldea, y entre ellos figuraba Ekanayaka. “No se preocupaban de la comida, del tiempo ni de nada”, explica Abayakoon. “Eran como nuestros padres, hermanos o mejores amigos. Nos trataron muy bien”.



La construcción de la anicut se terminó en marzo de 2007, y la aldea que antes se las veía negras para producir una única cosecha pasó a cultivar dos por año. ¿Qué implica esto para las mujeres de Gonnoruwa y su comunidad? Que ahora disfrutan de tres comidas al día, ya no están endeudados, pueden cultivar arroz y disponer de huertos particulares, construyen mejores casas y envían a sus hijos a estudiar más y a proseguir con estudios superiores.



Y los beneficios no se acaban ahí. Los maridos, que ahora se sienten orgullosos de la enorme contribución de las mujeres a la comunidad, las apoyan en muchos más sentidos.



“La mayoría de los hombres han cambiado de actitud gracias al proyecto de la anicut”, dice una mujer. “Ahora mi marido participa en las labores domésticas, incluso aunque yo esté en casa”.



Y ahora, en lugar de un pequeño grupo de hombres, son muchísimos los que apoyan el liderazgo de las mujeres en Gonnoruwa.



K. Somawathi forma parte del grupo de mujeres. Es tímida y de talante serio, pero cuando le preguntan cómo se siente siendo una respetada líder de la comunidad, sonríe y tras una pausa confiesa: “Es la felicidad total”.