Autor: Susana Arroyo/Oxfam

Sembrar y vivir en el amazonas

“Si nuestros padres y abuelos hubieran pensado en el mañana, en producir y mejorar la calidad de vida, nuestra vida sería diferente. Por eso en mi comunidad queremos enseñar distinto a nuestros hijos.”
Juan Carlos Fernández Ardaya

Juan Carlos Fernández Ardaya vive en Guayaramerín, ciudad fronteriza con Brasil, en el norte amazónico de Bolivia. Es mitad brasileño, mitad boliviano, como casi todo en las cercanías: el comercio, los alimentos, las familias.

Hace unos años no tenía dónde cultivar, pero gracias a la presión indígena y campesina para acceder a la tierra, ahora cuenta con tres hectáreas en la comunidad Dos de octubre. Las trabaja con Iris -su esposa- y otras familias vecinas que participan en la Asociación de Productores Agroforestales de la Región Amazónica de Bolivia – APARAB. 
 
Es una asociación porque une “tanto necesidades como la búsqueda de soluciones”. Y es agroforestal porque impulsa la puesta en práctica de una forma de producción que replica –a escala- la vida del bosque, mezclando plantas, recuperando especies nativas y diversificando tanto siembras como cosechas.

Siete años después de ser fundada con apoyo de Oxfam, la APARAB agrupa 300 familias y administra una planta procesadora de cacao y otra de deshidratación de fruta. Pero no es suficiente. “Ahora necesitamos mejorar la producción, la calidad de nuestros productos y sobre todo los conocimientos del mercado porque al lado está Brasil, el gigante”.  ¿Es eso ventaja o desventaja? “Ambas”, explica Juan. 

El país vecino abastece de bienes básicos -y compradores- al mercado local de Guayaramerín. Cada día miles de brasileños cruzan el río que separa ambas naciones buscando precios bajos –cualquier esfuerzo por rendir el dinero, compensa. 

Pero desde Brasil llegan también alimentos frescos que compiten con la pequeña producción boliviana. La oferta aumenta, los precios se desploman y productores como Juan Carlos no logran vender su cosecha de yuca y maíz, tampoco la de frutas como el asaí y el copoazú.

 “Por eso la asociación es importante, nos ayuda a enfrentar esos obstáculos, a producir más y mejor”, explica Juan. “Tener tierra fue sólo el primer paso, ahora nuestra visión es desarrollarnos y tener calidad de vida” Y no es tarea fácil. Siete años después de fundada, la APARAB enfrenta desafíos ya no sólo locales –como la mejora de la calidad de sus productos – sino globales como el cambio climático y la deforestación de la Amazonía -para ellos su casa, para el planeta una codiciada reserva de aire y agua dulce.

Por eso Oxfam y sus aliados en Bolivia priorizan parte de su trabajo en comunidades como Dos de octubre. ¿Cuáles son las apuestas centrales? Acceso a la tierra, diversificación de la producción agraria, incremento de los ingresos, mejorar la comercialización de los productos, recuperar el bosque y sobre todo, recuperar esas otras formas de ver y vivir el mundo.

Y es que, dice Juan, lo más importante es cambiar la forma de pensar. “Si nuestros padres y abuelos hubieran pensado en el mañana, en producir y mejorar la calidad de vida, mi vida y la de gente sería diferente. Por eso en mi comunidad queremos enseñar distinto a nuestros hijos, dejarles una parcela con bosque y alimento. Nuestro cambio asegura su futuro” –acaba Juan.

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