Testimonios desde Haití

Los testimonios siguientes fueron recogidos el 23 de enero de 2010 en la localidad de Gressier, concretamente, en el asentamiento de desplazados de la iglesia de Santa Caterine. Oxfam Internacional instaló ese mismo día un tanque de distribución de agua potable en lo que es el inicio de una operación para abastecer a más 20.000 personas.

Menard Meneles, 54 años “Toda mi promoción ha muerto. Todos mis alumnos, todos ellos”

El marido de Menard vio como la escuela donde ella imparte clases de inglés se vino abajo. El hecho de que su esposa estuviera ya en casa, ese día decidió salir un poco antes del trabajo, no fue suficiente para que su rostro se desencajara al ver aquello. “He perdido colegas, muchos. Y toda mi promoción ha muerto. Todos mis alumnos, todos ellos. Murieron cuando el edificio se vino abajo”, dice Menard con un nudo arraigado en su garganta.

Menard, su esposo y sus tres hijos viven ahora bajo una carpa improvisada a orillas de la iglesia de Santa Caterina. “Esto es terrible. Ayer murió aquí, a unos metros, una anciana. Tenía problemas de respiración… y la semana pasada un bebé… Claro, aquí no hay nada de nada”, reprocha la profesora en un inglés perfecto.

Cuenta como salió de casa a toda prisa cuando se produjo el seísmo. Como iba dando golpes a todo lo que caía a su paso: maderas, cristales, hierros. “De ahí estas heridas”, y señala su pierna y su frente. Y como luego descubrió su casa hecha ruinas, su casa que tardó quince años en pagar y construir después de que un banco la dejara sin ahorros, asegura. Ella y su familia pudieron rescatar algo de arroz, un poco de maíz, otro poco de aquello, de esto y con todo se fueron al asentamiento. “Aquí es imposible hacerse con nada. Nadie ha repartido comida, sólo una agencia vino a darnos jabón y cepillos de dientes… y aquí nadie usa el cepillo”.

El mercado negro no ha tardado en aflorar con las secuelas del seísmo. “Todo ha subido de precio, como mínimo todo está ahora al doble de lo que costaba antes. Por eso a veces, cuando me despierto, veo que me falta una bolsa de arroz, una cajita de jabón...  Cualquier cosa. Pero qué se le va hacer, usted ya ha visto como estamos. La gente está desesperada…”, señala amable Menard.

 

Marlene Richard, 23 años “Me dijeron que poco después de haber salido todos de allí, el edificio se vino abajo”

Marlene Richard es joven, guapa y, por tanto, algo presumida. Quizá por ello, en medio de varios centenares de chabolas, mantiene su vestido vaquero -ajustado y corto- impecable, recoge el pelo bajo una balaca verde y calza tacones. Es, era, monitora de un jardín de infancia. Allí estaba, con sus niños, cuando sucedió todo. “Todo tembló. Nos asustamos y evacuamos la guardería. Salí corriendo hacia mi casa, allí estaban mis padres, mis hermanas y mi hermano pequeño. Afortunadamente, están todos bien, aunque lo perdimos todo”, cuenta. Al rato, Marlene recibió una llamada. “Era de la guardería. Me dijeron que poco después de haber salido de allí, el edificio se vino abajo”.

La familia de Marlene vive a pocos metros de lo que era su casa. “Estamos ahí al lado, pero no nos queda nada de lo que teníamos. Nos han obligado a venir aquí; pero aquí no hay nada. No hay comida, ni agua, ni nada con lo que resguardarnos. Tampoco medicinas… y yo sufro del estómago”, arguye resignada.

A pesar de todo no deja de sonreír. Es joven. “¿Qué es necesario para que ponerle remedio a esta situación?”, dice. “Hay que salir de esto, claro que sí. Pero la verdadera solución es que se reconstruyan los edificios como es debido, con materiales adecuados y la infraestructura necesaria para resistir terremotos. Después hay que invertir en dos aspectos clave: educación y salud. Eso, y asegurar que todos podemos comer cada día”, concluye con lucidez. Marlene se despide, anda unos pasos y gira su rostro antes de gritar: “¿Y su país? ¿Qué puede hacer su país por nosotros?”.

 

Elin Plantin, 65 años “Desde el terremoto, tomo poco más que una taza de café al día”

Elin Plantin está sentado en una piedra frente a los cuatro palos y varias telas que son hoy su casa. Es mayor, aunque parece un anciano. Flaco, piel curtida y barba blanca. Se resbala al incorporarse, pero se aferra a su bastón hecho con una rama y lo clava al suelo para no caerse. Se lo adivina débil. “Desde el terremoto, tomo poco más que una taza de café al día. No hay dinero y tampoco un lugar donde poder hacerse con algo de comida y agua”, dice a duras penas mientras se frota los párpados con la mano izquierda.

Elin estaba en su casa junto a su esposa Cilie, Cilie Tismé, y sus cinco hijos cuando la tierra empezó a temblar. Todos están bien; aunque uno de ellos resultó herido en el seísmo. “La casa se vino abajo y no pudimos rescatar nada”, lamenta.

Elin y Cilie están solos en este campo. “Mis hijos están en otro asentamiento tras la colina”, dice mientras alza la mirada hacia su esposa. “Es mi mujer”, repite mientras sonríe y por un segundo se le ilumina el rostro. “Estamos los dos aquí juntos, absolutamente sin nada; pero juntos”, concluye mientras Cilie termina de limpiar unas pocas legumbres que con fortuna ha podido conseguir hoy. Nadie sabe a qué precio.