Beatrice Mkandawire es enfermera jefe en el Hospital Central de Kamuzu, en Malawi. Es un hospital en crisis. Las 831 camas de que dispone a menudo deben atender a más de 1200 pacientes. A pesar de ser el segundo hospital de Malawi, faltan más de un tercio de las enfermeras que se necesitan.
Esto significa que las salas y los pasillos están abarrotados, que las personas han de tumbarse en el suelo, de cemento, y esperar largas horas, y que enfermeras desbordadas como Beatrice se las ven y se las desean para atender a todos. En sus propias palabras, “muchos de los pacientes están enfermos, y el número de pacientes que tenemos”¦ es demasiado. La proporción de enfermeras a pacientes, la falta que hay,”¦es imposible”.
El impacto del VIH y el SIDA para el personal de los hospitales públicos como éste en que trabaja Beatrice es devastador. En Malawi, casi un millón de personas de edades comprendidas entre los 15 y los 49 años están viviendo con el VIH. Alrededor de 170.000 personas necesitan medicamentos antirretrovíricos para mejorar y alargar sus vidas. La epidemia del SIDA ha incrementado la carga de trabajo para el personal sanitario de Malawi, y algunos han perdido su empleo por miedo a la exposición al VIH, especialmente por la falta de materiales esenciales como son los guantes.
Beatrice sabe muy bien qué es lo que podría mejorar su trabajo y cambiar la vida de muchas personas en Malawi. El hospital carece de equipamiento fundamental, y las condiciones de trabajo son enormemente difíciles. Hace calor y hay demasiada gente, pero ni siquiera hay ventiladores.
Y los sueldos en el sector público son muy bajos. “En el sector privado, en las ONG, las personas ganan mucho más”¦ [pero] incluso si no se puede pagar más a las enfermeras, sí se les podría motivar con una mejor formación.”
En 2003, el gobierno de Malawi reconoció que había que hacer algo con respecto a la carencia de personal sanitario y médicos, e introdujo una prestación adicional que sí mejoró algo los sueldos. Esta prestación ha tenido cierto impacto, pero no el suficiente. “Una enfermera con tres o cuatro años de formación está ganando menos que alguien que tiene sólo educación primaria y trabaja en un pequeño negocio”, dice el doctor Charles Mwansambo, pediatra en el hospital.
Beatrice tiene cuatro hijos. Para poder reunir el dinero suficiente para cubrir su educación y demás necesidades, no come en el trabajo. Lo único que toma en todo el día es un pequeño tentempié. Por su formación, le ofrecieron un trabajo mejor remunerado en el sector privado, pero lo denegó, prefiriendo quedarse en el hospital público para ayudar a las muchas familias y niños que realmente lo necesitan.
“Estamos dando todo lo que tenemos al gobierno, nuestros conocimientos, nuestras capacidades. Sí, la moral de las enfermeras está por los suelos. Pero a pesar de todo, me sigue apasionando mi trabajo,” añade.
Los cuidados básicos de salud constituyen uno de los derechos fundamentales de toda persona. El número de afectados por el VIH y el SIDA en el Hospital Central de Kamuzu se ha multiplicado por dos. Se necesitan urgentemente más médicos y más enfermeras para luchar contra el VIH y el SIDA. Y con una mejor formación, mejor equipamiento y mejores salarios, las enfermeras con la dedicación de Beatrice podrían hacer muchísimo más.