
La vida en el hospital no es fácil. Existe una grave falta de equipos y tanto el suministro de agua como el de electricidad son irregulares. “Casi nunca tenemos agua corriente,” dice: “Las enfermeras tienen que ir a recoger el agua de un pozo y de vez en cuando tenemos agua embotellada que le compramos a unos vendedores cerca de aquí.” La situación con la electricidad es igual de precaria: “A veces, cuando tenemos una emergencia por la noche, tenemos que trabajar con antorchas.”
Fatouma está desesperada por lograr cambios, pero no se rinde. La primera cosa que dice después de presentarse es: “Me encanta mi trabajo porque estoy aquí para ayudar a las mujeres y a los niños.” Y cuando le preguntamos sobre lo que más quiere para la clínica, responde sin la menor duda: “Mi sueño es tener una buena suministro de agua corriente y electricidad permanentemente. También espero que las mujeres conozcan nuestro trabajo y vengan a la clínica para reducir los niveles de mortalidad materna.”
Ella pasa bastante tiempo dando a conocer la clínica en las comunidades rurales circundantes: “Espero que las mujeres se enteren sobre nuestro trabajo aquí, para así reducir la mortalidad materna y el número de niños que mueren durante el parto.”
Describiendo su trabajo, Fatouma se muestra segura y solidaria. Las mujeres de la clínica aprecian mucho su apoyo y tiene pocas dudas sobre el papel que el hospital puede jugar en el desarrollo de las comunidades locales: “En nuestra sociedad, si tú quieres cambiar algo siempre puedes comenzar por las mujeres y los niños. Si llegas a ellos, entonces puedes llegar a cualquiera.”

