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- Morris Sanja, modisto: "Con mi máquina de coser puedo ganar algo de dinero para mantener a mi familia". Autor: Tom Baldwin/Oxfam
En Endebese, cerca de Kitale, empiezan a emerger los negocios dentro del campo de refugiados. Ya hay quien ha improvisado puestos de venta de verduras y otro tipo de alimentos. Son muchos los que trajeron consigo a sus animales para tenerlos cerca de sus tiendas de campaña y evitar así el robo de ganado tan frecuente en la zona.
Bajo la sombra de uno de los pocos árboles del campamento me encuentro a Morris Sanja, sastre de profesión, que cose afanoso una falda azul. “No podía venirme sin ella”, dice Morris señalando con el dedo su máquina de coser. “Forma parte de mi vida. Cargué con ella durante 15 kilómetros hasta llegar aquí. Con mi máquina de coser puedo ganar algo de dinero para mantener a mi familia; tengo cinco hijos.
Adaptarse al cambio
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- Partido de futbol en el campamento de Eldoret (Kenia), se ven las tiendas al fondo. Autor: Tom Baldwin/Oxfam
Uno de los mayores campamentos se encuentra en el recinto ferial de la ciudad de Eldoret, que en circunstancias normales a estas alturas del año debería acoger una muestra de agricultura. Dentro del campo de refugiados conozco al director del colegio, el Sr. Paul M. Ngethe, acompañado de varios hombres que se están encargando de montar los pupitres. El Sr. Ngethe ha sido trasladado temporalmente al campamento de Eldoret cuando quemaron su escuela durante la violencia surgida tras las elecciones.
“Contamos con 700 alumnos de preescolar, 2 700 de primaria y 510 de secundaria. Como no hay suficientes aulas, las clases se celebran por turnos en las tiendas. Somos 19 profesores funcionarios pero no podríamos salir adelante sin la ayuda de los voluntarios. Hay más de 100 profesores voluntarios, algunos del propio campamento y otros provenientes del exterior. No es fácil enseñar en estas condiciones aunque estoy seguro de que estos pupitres favorecerán la concentración de los alumnos”.
Dando una vuelta por el patio, compruebo que los alumnos parecen haberse adaptado bien al nuevo contexto. Algunas clases se celebran fuera y otras en las tiendas, algunas tienen pupitres y otras no, pero el afán de aprender es una constante.
Ocupar las largas horas dentro del campamento puede resultar difícil por lo que los deportes como el fútbol o el voleibol son una buena distracción. En uno de los puntos de agua me encuentro a Jessi, que me invita a ver con él el partido de fútbol que se está jugando en ese momento. “Hemos dividido el campamento en ocho equipos que participan en el torneo, y la final se celebra el próximo martes”, explica.
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