Refugiados sirios en Jordania: “Una bomba arrasó nuestra casa recién construida”

family of eight fled from Syria with their identity papers, and some clothes

“Caminamos durante más de una hora por la noche hasta alcanzar la frontera con Jordania. Yo llevaba en brazos a mi hijo de dos meses y el corazón me palpitaba de miedo. Al llegar al paso fronterizo, no encontraba a mi marido ni a mis cuatro hijas. Empecé a oír disparos a mi alrededor. Creía que les había perdido. Fueron los minutos más angustiosos de mi vida.”

Sentada sobre un colchón, Ghossoun, de 38 años y maestra, recuerda la huida de su familia de Siria hace año y medio, cuando fueron a buscar refugio en Jordania. Cinco de sus hijos, de entre 2 y 12 años, se arremolinan a su alrededor. Ritaj, su hija de cuatro meses, nació en Amman.

Su marido, Samer, de 39 años y experto agrónomo, recuerda cómo se iba deteriorando la situación de seguridad en Daraa, al suroeste de Siria. "Al principio los bombardeos eran, principalmente, por la mañana. De repente, sin previo aviso, comenzaron a bombardearnos a cualquier hora del día o la noche".

La pareja había ahorrado durante diez años para construir la casa de sus sueños en su pueblo. Vivieron en ella cuatro meses, hasta que una bomba la arrasó por completo. "Aún debemos 500.000 libras sirias (3.300 dólares) de la hipoteca", suspira Samer, mientras se percibe el ligero temblor de su poblado bigote. Entonces se mudaron con sus padres.

Para los refugiados sirios es prácticamente imposible conseguir un permiso de trabajo debido a la estricta legislación laboral jordana

"Al principio deseaba regresar. Llamaba a mi hermana todos los días para pedirle que regara mi huerto. Tenía plantados repollos, maíz y alubias verdes que ni siquiera he podido probar", recuerda Ghossoun mientras prepara un café árabe en su hornillo de segunda mano.

Un día, a principios de 2013, los bombardeos se hicieron insoportables. “Huimos bajo una intensa lluvia ", cuenta Samer mientras acaricia los tirabuzones de su hija. La niña, de 5 años, lleva una alegre camiseta a cuadros y escucha en silencio. Sus grandes ojos marrones reflejan tristes recuerdos.

Fueron desplazándose de un pueblo a otro hasta llegar a Jordania, procurando no llamar la atención de los soldados y dejando todas sus pertenencias por el camino. La familia llegó a Amman con sus documentos de identidad, una sillita de bebé y algo de ropa de los niños. Al llegar, alquilaron un piso desvencijado de dos habitaciones por 150 dinares jordanos (210 dólares) al mes y sobrevivieron con los jornales que Samer conseguía ganar de vez en cuando, además de con ayuda humanitaria. Para los refugiados sirios es prácticamente imposible conseguir un permiso de trabajo debido a la estricta legislación laboral jordana. Como resultado, las familias refugiadas sirias apenas pueden obtener unos ingresos estables, lo que les obliga a gastar todos sus ahorros y depender de la ayuda humanitaria.

El hermano de Ghossoun tomó la difícil decisión de pagar a un contrabandista 3.000 dinares (más de 4.000 dólares) para realizar el peligroso viaje a Suecia, cruzando Argelia y Libia. Desde ahí atravesó el Mediterráneo en un pequeño barco hasta Italia y llegar a Suecia. “Aunque quisiéramos, no podríamos emprender ese peligroso viaje. ¿De dónde sacaríamos el dinero?”, se pregunta Ghossoun mientras mece en sus brazos a Ritaj. "Solo podemos vivir el día a día", sentencia su marido.