"Meterse en el terreno de los hombres"

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La historia de La Lupita, en la que viven alrededor de 125 familias, está marcada por México. Madre Tierra, una organización que agrupa a las mujeres de la comunidad, nació en los campos de refugiados que México abrió para recibir a los que escapaban del conflicto armado interno. Allí comenzaron a organizarse, allí comenzaron a pelear por tierras a las que volver. Esas mismas mujeres son las que le han dado carácter a la comunidad.

La Lupita es una comunidad a la que cuesta llegar pero que invita a quedarse. Desde la ciudad de Mazatenango (Guatemala) son dos horas de camino. Los primeros 45 minutos por una carretera en la que hay que sufrir el tráfico de decenas de camiones, muchos de ellos cargados con la caña de azúcar que llevan a los ingenios azucareros de grandes terratenientes. Después, más de una hora de recorrido por un camino de tierra polvoriento. El esfuerzo vale la pena.

La historia de La Lupita, en la que viven alrededor de 125 familias, está marcada por México. Madre Tierra, una organización que agrupa a las mujeres de la comunidad, nació en los campos de refugiados que México abrió para recibir a los que escapaban del conflicto armado interno. Allí comenzaron a organizarse, allí comenzaron a pelear por tierras a las que volver. Desde allí volvieron un día para instalarse “en un potrero en el que no había nada”, recuerda Engracia Dominga Pérez. Esas mismas mujeres son las que le han dado carácter a la comunidad.

En noviembre de 2005, cuando el huracán Stan azotó la región, el paisaje no era tan agradable. El agua y el viento arrasaron con las cosechas. No hubo que lamentar pérdidas humanas, ni siquiera grandes pérdidas en los hogares. Pero el maíz y el ajonjolí (sésamo), el sustento de las familias, se echaron a perder.

Madre Tierra se acercó a Oxfam. La primera ayuda aterrizó en forma de semillas, abono, herramientas para el campo y distribución de pollos. A ese paquete hubo que añadir el trabajo de la gente para solucionar los problemas del agua, ya que los pozos se contaminaron. Quienes se encargaron de evaluar quién iba a recibir qué fueron las propias mujeres.

¿Cómo aceptaron los hombres el que las mujeres les dijeran como repartir las donaciones? “Muy bien, sin problemas”. Al principio la respuesta sorprende. Después, tras hablar con ellos, todo parece más evidente. “Lo aceptamos bien porque toda esa ayuda la consiguieron ellas. Ellas hacen mucho por la comunidad y nosotros estamos ahí para apoyarles”, asegura Juan Ortiz, de 62 años, que vive de un terreno que cultiva en los alrededores y de lo que producen las tierras comunitarias.

 David Viñuales/Oxfam

Las mujeres se metieron en ”˜el terreno de los hombres', empezaron a conocer el trabajo que se hacía en el campo, se empaparon de conocimientos agrícolas y coordinaron la distribución de la ayuda para reactivar la capacidad de producción. “Eso nunca lo habíamos hecho. A través de Oxfam empezamos a reunir a los esposos de nuestras socias para decirles que íbamos a trabajar de esa manera. Y ellos lo aceptaron y nos agradecieron haber conseguido este apoyo”, señala Engracia Dominga Pérez.

Al mismo tiempo que se trabajaba en la recuperación de las cosechas, se desarrollaba el trabajo para solucionar el problema de la contaminación de los pozos de agua. Por un lado se entregaron cisternas y recipientes para que las familias pudieran recoger y almacenar el agua y cloro para purificarla. Del otro, se dieron talleres para mejorar las prácticas de limpieza y de manejo del agua.

Juana María, de 44 años, es un buen ejemplo de que en la comunidad han aprendido a mejorar sus hábitos de higiene. En la pared de su cocina cuelgan todas las ollas y cacerolas. Saben que tienen que estar lejos del suelo para evitar que se ensucien. En una estantería está el depósito de Oxfam en el que guarda el agua para su consumo. Al lado, para que no se olvide, un folleto le recuerda las cantidades de cloro que tiene que usar para purificar el agua. Las gallinas, fuera, encerradas en un pequeño corral para evitar que caminen libremente por la casa. Desde que adoptó esos hábitos, hay menos enfermedades.

La situación de emergencia se ha dejado atrás y en la comunidad no se conforman con haber superado la experiencia. Cuando llegaron a La Lupita tuvieron acceso a unas tierras en las que toda la comunidad participa de una plantación de mangos; en estos momentos cuentan con más de 4.000 árboles. Su mayor desafío, encontrar un precio justo para su producto.

Autor: David Viñuales/Oxfam

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