Bolivia: Guardianas y guardianes del bosque

Manuel es productor agroforestal y productor de cacao. Gestiona una parcela de 3 hectáreas con más de 56 especies distintas en Riberalta, Beni (Bolivia).  Foto: Oxfam / Patricio Crooker
Manuel es productor agroforestal y productor de cacao. Gestiona una parcela de 3 hectáreas con más de 56 especies distintas en Riberalta, Beni (Bolivia). Foto: Oxfam / Patricio Crooker

Hace unos años, miles de indígenas y campesinos del noreste de Bolivia vivían en el olvido, sin libertad ni mañana.

Hoy tienen tierra e ingresos, exigen sus derechos y los de la naturaleza; cuidan los bosques del Chaco y la Amazonia apostando por un futuro socialmente justo y ambientalmente sostenible.

Soñaban con un país distinto y lo están alcanzando. Su esfuerzo es un legado para sus hijos…y los nuestros.

Manuel y Audia, ¿qué les une?

Manuel vive en la Amazonia, hogar de árboles que llegan hasta el cielo y ríos que serpentean por miles de hectáreas, enriqueciendo la selva y a quienes viven de ella.

Manuel es productor agroforestal y productor de cacao. Gestiona una parcela de 3 hectáreas con más de 56 especies distintas en Riberalta, Beni. Las parcelas agroforestales en el norte amazónico son ‘certificados de ahorro para las familias y certificados de crédito para los bosques'.

Audia lo hace en el Chaco, bosque seco de arbustos espinosos, de calores fuera de este mundo y donde la cosecha depende de suelos arenosos y lluvias casi inexistentes.

Audia empezó a luchar por la propiedad de la tierra a los 42 años, ahora tiene 62. Él habla castellano y ella guaraní, él crió 5 cinco hijos y ella 14, a sus 56 años él sabe leer y escribir, a sus 62 ella es analfabeta: “Los patrones de la tierra donde trabajaba mi padre no dejaban que los hijos de los empleados fueran a la escuela”.

¿Qué les une? Su pobreza y su ser indígena, un pasado marcado por la violación de sus derechos y el despojo de sus tierras; una historia que convirtió sus vidas en propiedad casi esclava de hacendados y terratenientes.

En 1950, el 70% del este del país estaba en manos del 4,2% de la población. Con alambres de púa se cercaban los latifundios y las libertades de miles de personas pobres. Quienes corrían con mejor destino llegaban a tener tierra pero nunca condiciones para producirla, carecían de educación y salud, de crédito y acceso a mercados, de representación política.

¿El resultado? Dominación y exclusión que tardaría décadas en romperse.

Pero el cambio llegó

Empezó en los años 90, cuando indígenas y campesinos marcharon hacia La Paz reclamando libertad, calidad de vida y el cumplimiento de las leyes nacionales de reforma agraria. De las marchas por el territorio y la dignidad nacieron las primeras titulaciones comunitarias, tímidos incrementos de la producción indocampensina y -eventualmente- el proceso de refundación que hoy vive Bolivia.

Audia y Manuel estuvieron ahí. Juntos caminaban hacia un presente que también les uniría: hoy ambos viven de su tierra y deciden, con sus comunidades, cómo mejorar sus cosechas, garantizar la seguridad alimentaria y adaptarse al cambio climático –pan amargo de cada día.

Y siguen luchando por conservar sus bosques

Luchan también por recuperar y conservar sus ecosistemas, la Amazonia el que más. Su misión es titánica: esa valiosa reserva de agua dulce y biodiversidad que tiene los días contados.

Deforestación, construcción de presas hidroeléctricas y extracción sin límite de oro y petróleo la están llevando a la agonía. ¿Podrán salvarla? “Espero que sí, pero yo a veces me siento un poco solo” cuenta Manuel. “Si todos recuperáramos los bosques, ¿sabe qué? -Pregunta y mira directo, -no habría sufrimiento”.

Oxfam: el compromiso es un recurso renovable

En Oxfam sabíamos que el trabajo en el Chaco y el norte amazónico debía ser una prioridad. En esas zonas olvidadas por la cooperación, altamente vulnerables y de organización social efervescente, se estaba gestando un prometedor proceso de liberación y autodeterminación que podía cambiar la historia.

Sería una apuesta a largo plazo. Contribuiríamos a generar condiciones que permitieran a las comunidades recuperar poder, su control sobre la tierra, la producción y el manejo sostenible de los recursos naturales.

En el centro, estarían las mujeres, promoveríamos su liderazgo y poder, revalorizaríamos su trabajo y aporte a la economía. Así sería nuestro Programa de Medios de Vida Sostenibles en Bolivia.

Han pasado más de 10 años desde entonces y nuestra labor en esta zona de Bolivia sigue siendo un compromiso.

La innovación, recurso indispensable, pero ¿cómo?

Teníamos que innovar así que, en alianza con organizaciones y movimientos, decidimos impulsar sistemas agroforestales (SAF), una novedosa forma de producción que replica –a escala– la vida del bosque.

En los SAF la mezcla de especies domésticas e introducidas diversifica la cosecha, mejora la seguridad alimentaria y aumenta el ingreso de las familias. Lo hace, además, conservando y recuperando la foresta. Más que una iniciativa ambientalista, es una estrategia política y socioeconómica. Para muestra, un fruto seco: el 80% de la conocida nuez de Brasil se recolecta en Bolivia.

Por más de un siglo, miles de personas han arriesgado su vida para recoger los cocos de lo que aquí se conoce como castaña. Una gran temporada garantizaba un gran ingreso. Pero la deforestación redujo la cosecha, los precios cayeron y los ingresos de las comunidades se desplomaron. Habían puesto todos los huevos en la misma canasta.

Los SAF buscan reducir estos riesgos. Una parcela producida bajo ese esquema alberga hasta 50 especies maderables, frutales, medicinales y de consumo. Es como sembrar certificados de ahorro para las familias y certificados de crédito para los bosques. Su éxito en la Amazonía nos motivó a replicarlos en el Chaco. No sólo adaptamos la producción a la aridez y la sequía: la complementamos con otros emprendimientos como la apicultura y la ganadería, tanto vacuna como de pelo. Técnicamente son sistemas agrosilvopastoriles.

Audia y su familia les llaman modelos a prueba de fuego, a prueba del Chaco.

Más dificultades en el camino

Pero no todo ha sido fácil para Oxfam y sus aliados. La regularización de cerca de 1,7 millones de hectáreas a favor de las comunidades ha puesto en riesgo la seguridad de dirigentes, abogados, técnicos y muchos de nuestros colaboradores.

Y de nuevo, el cambio climático

El cambio climático además agrava inundaciones y sequías, las cosechas se pierden. El aumento mundial del precio de los alimentos, lejos de beneficiar a los productores, les empobrece. Los países del Norte reducen su cooperación al desarrollo y comunidades como las de Manuel y Audia cada vez reciben menos apoyo.

Por este motivo, tenemos muchas más razones para seguir adelante: apoyar las autonomías indígenas, contribuir al control real sobre los territorios, mejorar la comercialización y añadir valor agregado a los productos, seguir conservando el medioambiente y defendiendo la madre tierra.

Quizá la razón más potente es lograr el reconocimiento del valor económico y social de la pequeña producción indígena y campesina. Como Audia y Manuel son miles quienes cultivan nuestros alimentos y conservan los bosques que enfrían y purifican el planeta en el que vivirán nuestros hijos.

Apoyamos a la población boliviana a construir su mañana

El acceso a tierra y territorio por parte de indígenas y campesinos ha tenido un gran impacto social, económico y cultural. Desde Oxfam y las organizaciones socias, hemos apoyado la regularización de alrededor de 1,7 millones de hectáreas y seguiremos haciéndolo en la siguiente fase: la gestión territorial, es decir, la planificación comunitaria del uso y cuidado que se dará al territorio y a los recursos naturales que hay en él.

Eso es clave en zonas estratégicas y amenazadas como la Amazonía que ocupa –contrario a la imagen que se tiene- más del 30% del territorio de Bolivia y es, además, una de las regiones que menos cooperación al desarrollo recibe.

Creemos que ahí habrá disputas nacionales e incluso internacionales por la tierra, el agua y los bosques, por eso seguiremos fortaleciendo a las organizaciones, apoyando las demandas de justicia y calidad de vida que de ahí emergen.

Desde Oxfam, sólo tenemos una respuesta: será como las bolivianas y bolivianos lo deseen, ellos y ellas son los únicos con legitimidad para construir su mañana.

El viaje del Cacao: del árbol a la mesa

Para no depender de la castaña (nuez de Brasil), las comunidades que apoyamos de la Amazonía desde Oxfam, están diversificando su producción y, en algunos casos, hasta se encargan de su transformación para la venta. Ocurre con el cacao que nace en estos parajes y acaba en la mesa de miles de hogares.

  • La primera parada de este viaje empieza con el árbol del cacao. Un árbol que requiere muchos cuidados para dar buenos frutos (en cantidad y calidad) y que empieza a rendir bien a los cuatro años.

  • Cuando el fruto (que se llama mazorca) está maduro, se recoge y se extrae la pulpa, rosada y dulce, que encierra de 30 a 50 granos largos. Son los granos del cacao.
  • Una vez se han dejado secar al sol, los granos se ponen en sacos y se trasladan a la planta procesadora, ubicada en Riberalta.

  • El cacao, sin seleccionar, se pesa y se paga un precio justo a las familias campesinas socias de la Asociación de Productores Agroforestales de la Región Amazónica de Bolivia (APARAB).
  • Una vez en la planta, se sacan las impurezas hasta que queda el cacao limpio y listo para procesar. Tras su paso por diferentes máquinas, sale tostado y sin cáscara.
  • El último paso consiste en obtener la llamada pasta de cacao o chocolate, que se pone en moldes. Aquí tenemos el producto final, envasado para su venta con el sello del APARAB. La pasta de cacao se puede consumir directamente o usar para hacer bombones, pasteles, entre otros.