Cuando volver no es una opción: la vida de los refugiados en Grecia

Fátima, de 47 años, y su hija Maisa, de 19 años, son refugiadas sirias que vivían en Pakistán. "La vida en el campo es muy dura. Un día es tan largo como toda una vida. Sentimos que no tenemos un futuro y no sabemos cuánto tiempo durará esto". Fotografía:
Fátima, de 47 años, y su hija Maisa, de 19 años, son refugiadas sirias que vivían en Pakistán. "La vida en el campo es muy dura. Un día es tan largo como toda una vida. Sentimos que no tenemos un futuro y no sabemos cuánto tiempo durará esto".

Desde principios de 2016, cada día ha llegado a las costas griegas una media de 1.700 personas. Sin alternativas legales ni seguras, familias enteras ponen sus vidas en manos de traficantes y lo arriesgan todo en peligrosos viajes por tierra y por mar.

Tras la entrada en vigor el pasado 20 de marzo de 2016 del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, 53.000 personas se han quedado atrapadas en centros de detención, edificios abandonados y campos provisionales en Grecia, donde las condiciones de vida son muy precarias y carecen de acceso a alimentos, asistencia médica e información. Esto ha incrementado los niveles de ansiedad, depresión e incertidumbre.

En la isla de Lesbos y en el noroeste de la región de Epirus, Oxfam trabaja dando apoyo a más de 3.000 personas en seis campos, proporcionándoles agua apta para el consumo, saneamiento, refugio, alimentos y otros artículos básicos como kits de higiene, lonas y mantas.

Fayez, de 43 años, y su mujer, Nour, de 28 años, son de Siria y ahora viven en el campo de Kara Tepe con sus cuatro hijos. Dejaron su país por el conflicto. "El día que nos marchamos fue un auténtico infierno", cuenta Fayez. "No tuvimos tiempo de coger nada y nos marchamos con tan solo la ropa que llevábamos puesta".

"El viaje fue muy duro. Cuando llegamos a Aleppo, se produjo un terrible combate justo delante de nosotros. Tuvimos que esperar en la carretera. Fue aterrador. Los niños estaban muy asustados. También tuvimos que atravesar un enorme valle mientras íbamos escuchando el sonido de los disparos. Estábamos muy preocupados por nuestros hijos".

"Nunca pensamos que nos encontraríamos en esta situación. Nuestras esperanzas de futuro ahora se limitan a estar en un sitio seguro; un país en el que nuestros hijos puedan ir a la escuela y estar sanos y salvos. Debemos pensar que las cosas van a mejorar y no a empeorar".

El campo de Kara Tepe está en el sureste de la isla de Lesbos. 

Cerca de 800 personas viven en tiendas suministradas por ACNUR. Desde Oxfam proporcionamos alimentos dos veces al día. A la hora de comer, cinco grupos de voluntarios y voluntarias distribuyen la comida de tienda en tienda. 

Muchos otros campos necesitan realizar mejoras para garantizar la protección y bienestar de las personas. En el campo de Filippiada, en la región de Epirus, donde viven 500 personas en tiendas de ACNUR, hemos instalado letrinas, duchas, tanques para recoger el agua de las duchas y lavabos que suministrar agua apta para el consumo.

 En el campo de Katsikas, mil personas viven en tiendas suministradas por el ejército, en condiciones muy precarias.
Próximamente sustituiremos las tiendas por otras más grandes de ACNUR e instalaremos tarimas de madera para protegerlas del agua.

Además, estamos realizando encuestas con grupos de hombres y mujeres que viven en estos campos para evaluar sus necesidades. Esto nos ayuda a identificar a las personas en situación de vulnerabilidad para proporcionarles apoyo adicional derivándoles a los servicios pertinentes y facilitando su transporte a instalaciones médicas.

Faramaz, de 21 años y de Afganistán, nos muestra la foto de sus dos hermanos y de su sobrino, que viven en Alemania. Su familia se mudó a Irán hace varios años. Faramaz ahora vive en el campo de Kara Tepe junto a su madre, su padre y su hermano pequeño.

Se marcharon de Irán porque carecían de una nacionalidad reconocida y eran excluidos constantemente. "Vendimos todo lo que teníamos y pagamos a unos traficantes para que nos trajeran a Grecia. Tuvimos que caminar durante dos días a través de las montañas y la nieve para llegar hasta Turquía. Después, caminamos otros 20 días por la costa. En nuestro grupo había otras tres familias, todas con niños a los que les resultaba muy duro caminar tanto tiempo". 

"Trato de mantenerme ocupado y ayudar. Pero, aquí, todo el mundo hace lo mismo. Mi hermano mayor es peluquero y me enseñó, así que ahora corto el pelo a la gente tres días a la semana de manera voluntaria. Me gustaría poder ir a Alemania y que mi familia vuelva a reunirse".

Mastura, de 45 años, y sus hijos tuvieron que dejar su hogar en Afganistán después de que su marido desapareciera y su familia recibiera amenazas. “Estaba tan asustada que no me despedí de nadie. Simplemente lo vendí todo, incluido mi negocio, agarré a mis hijos y huí".

"No pudimos coger gran cosa, excepto ropa. Los traficantes nos metieron en un grupo y tuvimos que caminar durante casi 40 días, primero para atravesar Irán y, luego, por la costa turca. Cuando llegamos a la costa, nos dejaron seis días sin cobijo ni alimentos y con apenas un poco de agua. Finalmente, la sexta noche pudimos viajar en barco. Mis hijos más pequeños estaban muy asustados".

 "Antes de marcharnos, mis hijos iban a la escuela y ahora ya no reciben ninguna educación. Nunca pensé que me vería en esta situación. No pienso en mi futuro, sino en el de mis hijos. Quiero que estén sanos y tengan una buena vida".

Fotografías: Aubrey Wade/Oxfam