Sequía en Guatemala: familias campesinas del corredor seco luchan por conseguir suficiente comida

Maria Marcelina y su marido, Rufino, descansan en el porche de su casa en El Aguacate, Guatemala. Foto: Coco Mcabe/Oxfam
Maria Marcelina y su marido, Rufino, descansan en el porche de su casa en El Aguacate, Guatemala. Foto: Coco Mcabe/Oxfam

A lo largo de las áridas colinas de El Aguacate, en Guatemala, hileras de zanjas a la altura de las rodillas serpentean de una ladera a otra, excavadas por agricultores decididos a captar cualquier gota de lluvia cuando ésta llegue, si es que llega.

Aquí, en el departamento de Baja Verapaz, hasta el de Chiquimula y a lo largo de todo el corredor seco del país, la sequía se ha cobrado un precio terrible: las familias luchan por conseguir suficiente alimento, y para muchas de ellas las oportunidades de trabajo de temporada se han desvanecido.

Provocada por el fenómeno meteorológico global conocido como El Niño, una drástica reducción de las lluvias privó a los pequeños agricultores de entre el 80 y el 100 % de sus cosechas de frijoles y maíz el año pasado —la base de prácticamente todas las dietas rurales. Sin recursos, muchos de los agricultores más pobres no pudieron plantar durante la segunda temporada, hacia finales de año.

La gente hace todo lo posible por aguantar: reducir el número y la cantidad de comidas que consumen; comprar a crédito; y migrar grandes distancias en busca de trabajo, en ocasiones, llevándose consigo a toda la familia.

“El año pasado no cosechamos nada, y el año anterior vivimos una situación muy parecida”, afirma Juan Ixpatac Sis, un residente de El Aguacate que fue elegido por sus habitantes para representarles en los asuntos locales. “Y aquí tampoco tenemos empleo —quizás un día acá o allá”.

Sin embargo, las 150 familias de indígenas Achi que intentan sobrevivir en esta remota y polvorienta comunidad no están solas: El Niño —el calentamiento de las temperaturas superficiales oceánicas en el Pacífico que puede cambiar los sistemas meteorológicos y, en consecuencia, las temporadas de cultivo, en todo el mundo--  provoca graves dificultades en toda Latinoamérica y el Caribe.

Solo en Guatemala, Honduras y El Salvador, se calcula que unos 3.5 millones de personas no tienen suficiente comida debido a la sequía. La escasez de alimentos ha alcanzado cotas de crisis. Una encuesta en la que colaboró Oxfam el año pasado en 32 comunidades de Chiquimula, Guatemala, reveló que casi en una cuarta parte de dichas comunidades el nivel de desnutrición infantil severa entre niños menores de cinco años era de entre el 3.5 y el 11 % durante la cosecha —un momento en el que debería haber abundancia de alimentos. Los índices son claramente superiores a la media nacional. 

A escala global, El Niño, y sus consecuencias a largo plazo, ha afectado a unos 60 millones de personas, provocando graves sequías en algunas comunidades e inundaciones en otras.


"Parece que retrocedemos"

En el hogar de Sofia Tista Sis, de 37 años, en El Aguacate, la conversación gira en torno a los retos que implica intentar sobrevivir en un clima en aparente cambio.

“Hace unos cinco años, las cosas no eran así” afirma Sis, con la vista puesta en el terreno abrupto y seco a los pies de la casa en la que nació. “En los últimos tres años, parece que retrocedemos”.

Sofía Tista y su familia en El Aguacate, GuatemalaSofía Tista y su familia en El Aguacate, Guatemala

Capaz de cosechar solo una pequeña cantidad de maíz —apenas 15 o 20 libras el año pasado— su familia, por primera vez, se ha visto obligada a comprar productos básicos. Y eso supone luchar por encontrar trabajo allí donde lo encuentren los miembros de la familia: en el caso de Sis, se ha puesto a trabajar para otra mujer, aunque fuese solo por conseguir una comida. Una vez cada dos semanas, camina tres horas hasta un mercado local para poder vender las alfombrillas, los abanicos y las escobas que sus familiares fabrican con palma seca. Por todo su esfuerzo, Sis quizás consiga llevar a casa unos 40 quetzales, el equivalente a poco más de $5 USD.

Dados los recursos limitados de que disponen, es difícil conseguir alimento. Sis afirma que su familia (tiene cuatro hijos que todavía viven en casa) come frijoles, aunque en ocasiones no tienen dinero suficiente para comprarlos. Puntualmente compran arroz, pero nunca más de media libra. Y también compran unos pocos vegetales, como acelgas.

“Siempre comíamos tres veces al día”, afirma Sofia Sis. “Pero comíamos porciones más pequeñas porque no teníamos dinero para comprar alimentos”.

En busca de trabajo

Unas colinas más lejos, Maria Marcelina Tista Sis y su marido, Rufino Sis Garcia, están decididos a garantizar que sus cuatro hijas tengan comida a pesar de que la sequía haya marchitado sus cosechas. En un buen año, podrían recoger 15 quintiles de maíz de sus tierras arrendadas. Pero en las últimas temporadas apenas han logrado cosechar una tercera parte de esa cantidad.

Así, igual que la familia de Sofia Tista Sis, Marcelina y Rufino buscan trabajo allí donde haga falta para cubrir el coste de los alimentos de los que les ha privado la sequía. Pero estos días, el trabajo parece tan escaso como la lluvia: las granjas comerciales que ofrecen oportunidades laborales también se han visto afectadas por El Niño.

Si tiene suerte, Rufino Sis Garcia afirma poder trabajar un día a la semana en una granja comercial. Por una jornada de nueve horas —de 7 a.m. a 4 p.m.— gana unos $5 USD.

“Es difícil conseguir dinero”, afirma Marcelina Tista Sis. “Si no hay trabajo y no se puede ganar dinero, no tienes nada”. Para ayudar a su familia, ha estado tejiendo cinturones y los vende por unos 100 quetzales —unos $13 USD. Pero es un trabajo lento: se tarda 15 días, dos o tres horas al día, en  terminar uno. 

María y Rufino Sis con una de sus hijas.María y Rufino Sis con una de sus hijas.

Cavar zanjas y plantar yuca

Conscientes de lo valioso que es el trabajo, no solo por el dinero que aporta a las familias sino también por el bien que puede hacer por la comunidad, Oxfam y sus socios locales —Corazón de Maíz y ASEDECHI— lanzaron un programa de respuesta a la sequía destinado a proporcionar alimentos y oportunidades laborales a las familias más vulnerables. El objetivo de la iniciativa, que se ha aplicado tanto en Baja Verapaz como en Chiquimula, es también ayudar a la gente a generar resiliencia mejorando algunas de sus prácticas agrícolas y de conservación de suelo. Asimismo, algunas familias han recibido harina enriquecida para ayudar a los niños desnutridos o en riesgo de estarlo.

Para determinar cuáles son las comunidades más necesitadas, y las que precisan de un apoyo más urgente, Oxfam, Corazón de Maíz y ASEDECHI realizan amplios y exhaustivos barridos de peso y talla en niños y niñas menores de 5 años. Los datos obtenidos, y la identificación de niños con desnutrición aguda o en riesgo de caer en ella, son facilitados a las áreas de salud de Chiquimula y Baja Verapaz, sin recursos en estos momentos para hacer una búsqueda activa de casos, debido a la gran crisis presupuestaria que vive el país.

En la última década, la pobreza en Guatemala ha aumentado a un ritmo alarmante: el 23.4 % de la población guatemalteca vive bajo el umbral de la pobreza extrema. En todo el país, el índice de pobreza es del 59.3 % —lo que supone un aumento de más del 8 % desde 2006. Y la pobreza afecta de manera distinta a los ciudadanos en función del sexo, la etnia y la ubicación: el 79.2 % de los indígenas guatemaltecos son pobres, igual que el 79 % de la población rural del país. 

En total, entre ambos departamentos el programa de respuesta de emergencia de Oxfam ha llegado a unas 3315 familias desde que se puso en marcha. En El Aguacate pueden verse signos de su impacto por todas partes: desde las acequias para retener el agua que los agricultores han cavado en sus campos hasta los sistemas de filtrado de aguas grises que algunos hogares han aprendido a construir y usar con la ayuda del programa. Gracias al agua de la colada y la vajilla que se recicla con estos sistemas, familias como la de Sofia Tista Sis han logrado tener acceso a un suministro de agua que puede mantener a flote sus pequeños jardines de vegetales, una fuente vital de nutrientes cuando el resto de la comida escasea.

En una fuerte pendiente justo detrás de su casa, Sis y su hijo pasean a través de las plantas de yuca que cultiva su familia. Círculos de tierra húmeda en la que han vertido un poco de agua cubren las raíces. Partiendo de las 45 plantas que les proporcionó Oxfam, la familia ya tiene 75, muchas de ellas cultivadas a partir de esquejes de las plantas originales.

“La yuca ha sido muy útil porque cuando un día no tenemos maíz, podemos comer yuca”, afirma Sis.

Escalando la colina detrás de su casa, Rufino Sis García pasea a través de una de las acequias de retención que cavó —una tarea por la que recibió un salario diario a través de la iniciativa de efectivo a cambio de trabajo de Oxfam. El programa movilizó a los habitantes locales durante unos 18 días, durante los que se les proporcionaron herramientas e ingresos que después podrían usar para comprar algunos de los productos básicos que necesitaban sus familias.

“Lo mejor fue que (el programa) nos dio trabajo”, afirma García.

“Es cierto”, agrega su mujer. “Eso es lo más importante. La gente quiere trabajar”.