Refugiados palestinos: Una historia de desplazamiento perpetuo

 Informal tented settlement

La pintura brillante y descascarillada cubre las manchas de humedad de las paredes. Una vieja cama ha sido relegada a un rincón de la habitación, mientras unos delgados colchones cubren el suelo. La ropa cuelga de una percha solitaria. No es ni siquiera mediodía y el aire que se respira ya es pesado y caluroso.

Desde que huyeron de Siria hace casi dos años, Ibrahim, de 43 años, su mujer Afaf, de 37, y su hijo Abd, de 14 años, viven en una de las aulas de una antigua guardería del campo de refugiados palestinos gestionado por Naciones Unidas de Burj Barajneh, en un suburbio de Beirut.

Ibrahim desciende de una larga línea de palestinos desplazados. Su familia es de Nablus. Algunos de sus tíos se instalaron en Europa, pero sus padres se refugiaron en Siria hace décadas. “Nací en Yarmouk. Es mi hogar", dice este hombre rollizo, cuyo cabello rizado cubre su frente cubierta de sudor.

Aunque Yarmouk es descrito como un campo de refugiados palestinos en las afueras de Damasco, con los años ha evolucionado hasta convertirse en una ciudad con sus calles y sus tiendas. Pero durante el conflicto sirio, muchas han quedado reducidas a escombros. Numerosas familias han huido, mientras muchas otras dependen ahora de la escasa ayuda humanitaria.

"La reconstruiré piedra por piedra con mis propias manos”

“Yo era el rey de mi casa. Ahora apenas puedo sobrevivir aquí, en el Líbano, sin ingresos ni esperanza”, cuenta Ibrahim. Los refugiados palestinos de Siria se enfrentan a duras restricciones en los países vecinos. En el Líbano no pueden trabajar, carecen de acceso a atención médica fuera de los campos de refugiados y dependen de la ayuda para sobrevivir. "Y encima, mientras escapábamos al Líbano, a mi mujer le robaron la cartera y perdí todos mis documentos identificativos", explica.

Fruto de la desesperación, la familia envió una petición de asilo al Gobierno de Australia. “Nos dijeron que aquí no había embajada, así que enviamos los formularios por correo, lo que nos costó 8.000 libras libanesas (cinco dólares)”, explica Afaf. Desde entonces, espera una respuesta y se pregunta por qué “Australia aún no nos ha llamado”. Afaf ni siquiera está segura de que los documentos hayan llegado a Australia.

"Si las cosas no cambian pronto, enviaré a Abd en barco a Dinamarca con su tía", dice Ibrahim, enfadado. El adolescente prefiere ignorar el cansancio y la desesperación de su padre y seguir jugando a los videojuegos en su teléfono móvil. Mientras, su madre mira preocupada a ambos. Ibrahim sabe que no puede pagar el precio que piden los contrabandistas, y que su mujer nunca permitiría que su único hijo se marchase sin ella. Baja la mirada, observa el plato de aceitunas del desayuno en el suelo y dice: “Cuando sea seguro, volveré a Yarmouk y si mi casa ha sido destruida, la reconstruiré piedra por piedra con mis propias manos.”