¿Te las arreglarías siendo una mujer rural?

Agricultura familiar es más desarrollo sostenible. Edgar Álvarez/ Oxfam
Agricultura familiar es más desarrollo sostenible. Edgar Álvarez/ Oxfam

En nuestro planeta no es lo mismo nacer hombre que mujer…y no es lo mismo nacer en la ciudad que en el campo. La desigualdad que afecta a millones de personas está marcada no sólo por las medidas fiscales y económicas tomadas por sus gobiernos, sino también por su color de piel, edad, sexo, país de origen y los recursos productivos con los que cuenten al nacer.

Todo eso junto dicta un patrón de acumulación y organización social violento y excluyente: cada vez hay menos gente que tiene más y más gente que tiene menos.  

En este cuadro, las campesinas que producen nuestros alimentos llevan las de perder: son mujeres, viven en zonas rurales olvidadas o amenazadas por empresas, no tienen tierra a su nombre, no siempre pueden decidir sobre su cuerpo y se les imponen hasta tres jornadas de trabajo y por ninguna de ellas recibe salario ni prestaciones sociales.

Así es la vida de las mujeres rurales de Latinoamérica y el Caribe

¿Os imagináis trabajar entre 14 y 16 horas diarias en actividades de cuidado del hogar y la familia, producción y procesamiento de alimentos y cría de animales? ¿Soportarías ir a pedir un crédito al banco y ser rechazadas por no tener la tierra a tu nombre? ¿Podrías lidiar con leyes y normas que sólo beneficien a los agronegocios o no consideren a las mujeres población económicamente activa? ¿Tolerarías que os persigan y criminalicen por defender vuestro derecho a la tierra? Pues así tal cual –o quizá más difícil aún- es la vida de las mujeres rurales de Latinoamérica y el Caribe.

Pero hay buenas noticias

La buena noticia es que esas mujeres también tienen poder: el poder propio, que las transforma internamente y las hace liberarse; el poder colectivo, que las organiza con otras mujeres para luchar por un objetivo común; y el poder para liderar, tomar decisiones, tener autoridad, controlar recursos y participar en la toma de decisiones que afecten sus vidas.

Las respetamos, apoyamos y hacemos nuestras sus causas. Aprendemos de ellas, fortalecemos su poder y les agradecemos todo su trabajo. Pero sobre todo, les aseguramos que no dejaremos de trabajar hasta que vivan en total y completa igualdad.

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Las mujeres producen hasta el 80% de los alimentos del planeta. La seguridad alimentaria depende de las productoras, pero de ellas, 600 millones padecen hambre alrededor del mundo. Injustas reglas de comercio, especulación de mercados y poca inversión en adaptación al cambio climático amenazan con agravar la situación.

 


Agricultura familiar es más oportunidades pra las mujeres del campo. Los gobiernos deberían mejorar el acceso y control de las mujeres rurales sobre el agua y la tierra, recursos clave para ellas. Y deberían preguntarse ¿Los programas de apoyo a la agricultura familiar aumentan o reducen la desigualdad que viven las agricultoras?

 

Agricultura familiar es más empleo y crecimiento. El mito dice que la agroindustria produce más y mejor, pero la verdad es que la agricultura familiar es muy productiva. Si recibiera más recursos públicos, no sólo generaría más riqueza, también más oportunidades a las mujeres rurales que viven de ella.

 


Agricultura familiar es más desarrollo sostenible. La conservación de semillas nativas y la producción libre de tóxicos son prácticas de la agricultura familiar que sobreviven gracias a las técnicas y saberes que pasan de generación en generación. Las mujeres rurales son clave en la transmisión de ese conocimiento.

 


Las campesinas merecen todo nuestro crédito. Para ellas más tierra y poder. Más recursos públicos y espacios de participación. Y en la parcela, en la plaza y en la casa…que el trabajo se reparta mejor.

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