Menos milmillonarios y más enfermeras: cinco pasos para reconstruir un mundo más igualitario tras la COVID-19

Julissa Álvarez is a 44-year old hairdresser living in the Dominican Republic.

Julissa Álvarez es una peluquera de 44 años que vive en la República Dominicana. Debido a las medidas de confinamiento por la COVID-19 ha perdido a todos sus clientes y su fuente de ingresos, que le permitía poner comida en la mesa para su marido y sus seishijos. Fotografía: Valerie Caamaño/Oxfam

Es muy probable que la pandemia pase a la historia como la primera vez en que la desigualdad se incrementó al mismo tiempo en prácticamente todos los países del mundo. Sin embargo, no todo el mundo se verá afectado de la misma forma.

La crisis del coronavirus ha afectado en mucha mayor medida a las personas en situación de pobreza que a los ricos. El virus ha exacerbado las desigualdades económicas, de género y raciales, a la vez que se ha alimentado de ellas, agravando la pobreza y la injusticia. Mientras muchas de las personas y empresas más ricas del mundo continúan prosperando, cientos de millones de personas se han visto sumidas en una situación de falta total de recursos.

La pandemia se ha cobrado casi dos millones de vidas en todo el mundo, pero la profunda brecha entre ricos y pobres ha demostrado ser tan letal como el propio virus. Pero tú puedes ayudarnos a cerrar esta brecha contribuyendo a la respuesta de Oxfam a la COVID-19 y así proteger a las comunidades más afectadas por la pandemia.

El coronavirus ha golpeado un mundo que ya era profundamente desigual

La crisis de la COVID-19 se ha propagado por un mundo que ya era extremadamente desigual. Un mundo en el que, durante 40 años, el 1 % más rico de la población ha duplicado los ingresos de la mitad más pobre de la población mundial. Un mundo en el que una pequeña élite de poco más de 2000 milmillonarios poseía más riqueza de la que podrían gastar, aunque vivieran mil vidas. Un mundo en el que casi la mitad de la humanidad tiene que sobrevivir con menos de 5,50 dólares al día y en el que perder tan solo un ingreso supone caer en la miseria.

Heba Shalan, a mother of five and nurse from the Jabalia Refugee camp in northern Gaza Strip.

Heba Shalan, enfermera y madre de cinco hijos del campamento de personas refugiadas de Jabalia, en el norte de la Franja de Gaza, arriesga su vida al cuidar de pacientes con COVID-19 sin los equipos de protección personal adecuados y a cambio de un salario muy exiguo. Fotografía: Marwas Sawaf/Oxfam

Esta desigualdad tan extrema se traduce en que, incluso antes de la pandemia, miles de millones de personas ya vivían en una situación límite, sin acceso a atención médica básica o mecanismos de protección social. Carecían de los recursos y el apoyo necesarios para hacer frente a la crisis económica y social generada por la COVID-19.

Desde la irrupción del virus, las personas ricas son más ricas y las pobres, más pobres

La crisis del coronavirus ha afectado a todas las economías del planeta y al empleo, los recursos y los ingresos de todas las personas. Sin embargo, la historia es muy distinta en función de si estás en lo más alto o lo más bajo de la pirámide económica.

Los súper ricos de todo el mundo han escapado a los peores efectos de la pandemia. Nuestro sistema económico profundamente injusto les ha permitido amasar enormes riquezas en medio de la peor recesión en 90 años, mientras cientos de millones de personas han perdido sus empleos y se enfrentan al hambre y a la pobreza extrema.

De hecho, se estima que el número total de personas en situación de pobreza podría haberse incrementado entre 200 y 500 millones de personas más en 2020

El virus de la desigualdad en cifras

Desde el inicio de la pandemia, los 10 hombres más ricos del mundo han ganado medio billón de dólares, una cifra que financiaría con creces una vacuna universal para la COVID-19 y que garantizaría que nadie cayese en la pobreza como resultado de esta crisis.

Si la presencia de hombres y mujeres en trabajos mal remunerados y precarios, que han sido los que más se han visto afectados por la crisis de COVID-19, fuese totalmente equitativa, 112 millones de mujeres dejarían de tener un riesgo elevado de perder sus ingresos o empleos.

La pandemia privó a los niños y niñas de los países más pobres de casi cuatro meses de escolarización, frente a las seis semanas en el caso de los niños y niñas de los países de renta alta.

Se estima que 9 de cada 10 personas en países pobres no podrá vacunarse este año contra la COVID-19, mientras los países más ricos han comprado tantas dosis como para vacunar a toda su población cerca de tres veces.

La desigualdad se está cobrando vidas. En los Estados Unidos, si la tasa de mortalidad de las personas de origen latino y afroamericano hubiese sido la misma que la de las personas blancas, aproximadamente 22 000 personas negras y latinas aún seguirían con vida.

La recesión ya ha acabado para los más ricos

Durante los primeros meses de la pandemia, el hundimiento de los mercados bursátiles de todo el mundo provocó que los milmillonarios sufriesen pérdidas considerables. No obstante, este revés fue transitorio. En tan solo nueve meses, las mil personas más ricas del mundo ya habían recuperado toda la riqueza que habían perdido debido a la COVID-19, mientras que las personas en mayor situación de pobreza podrían necesitar más de una década para recuperarse de los impactos económicos de la crisis.

La crisis afecta principalmente a las mujeres y a los grupos étnicos y racializados

Mientras los milmillonarios (en su mayoría hombres blancos) disfrutan de una vida de lujo durante la pandemia, son las mujeres, las personas negras y afrodescendientes, los Pueblos Indígenas, y las comunidades históricamente excluidas y oprimidas en todo el mundo quienes sufren las consecuencias más graves de esta crisis. Dado que un gran número de ellas no puede acceder a servicios de salud y protección social de calidad y suelen ocupar empleos precarios y mal remunerados, tienen más probabilidades de verse arrastradas a la pobreza, pasar hambre e infectarse y morir por el virus.

Millones más padecen hambre

Los catastróficos efectos del coronavirus en los empleos y medios de vida se han traducido en un enorme incremento del hambre. Las Naciones Unidas han estimado que el número de personas en situación de hambre extrema podría incrementarse hasta los 270 millones para finales de 2020 como consecuencia de la pandemia; un aumento del 82 % con respecto a 2019. Esto podría significar que, para finales de 2020, entre 6000 y 12 000 personas podrían morir de hambre cada día como consecuencia de la crisis.

 Benedita Matias listens to the voice streaming from the radio she has placed in the shade in front of her, outside the family's house near the town of Mocuba in Mozambique.

La experiencia demuestra que interrumpir la escolarización puede suponer que las niñas y niños de familias en situación de vulnerabilidad nunca regresen a las aulas. Cuando se declaró el estado de emergencia en Mozambique y todas las escuelas cerraron debido a la COVID-19, se utilizaron métodos alternativos de enseñanza, por ejemplo, a través de la radio. Con el apoyo de Oxfam, se desarrolló un proyecto en el que participaron 15 estaciones de radio que emitieron programas educativos para más de un millón de niñas y niños del país. Fotografía: Jeremias Benjamin/NANA

No hay vuelta atrás. No podemos volver a donde estábamos.

Nos encontramos en un punto de inflexión para la humanidad, y cómo decidimos actuar en este momento crucial pasará a la historia. No podemos volver al mundo brutal, injusto e insostenible en el que vivíamos antes de la irrupción del virus.

Los Gobiernos de todo el mundo tienen una ventana de oportunidad cada vez más pequeña para construir una economía inclusiva tras la COVID-19: una economía más justa e inclusiva, que proteja al planeta y acabe con la pobreza. Una economía más humana y justa al servicio de todas las personas. Proponemos cinco medidas clave para construir un futuro mejor:

La existencia de milmillonarios es un signo de fracaso económico, no de éxito. La construcción de nuestro nuevo mundo debe basarse, en primer lugar, en una reducción radical y sostenida de la desigualdad. Los Gobiernos deben impulsar economías que funcionen para las mujeres negras que viven en situación de pobreza, y no solo para los hombres blancos y ricos. Deben ir más allá del PIB y empezar a valorar aquello que verdaderamente importa como, por ejemplo, los millones de horas de trabajo de cuidados sin remunerar que realizan las mujeres y que permiten prosperar a las personas más ricas.

El Banco Mundial ha calculado que, si los países adoptan medidas urgentes para reducir la desigualdad, en 2030 habrá 860 millones de personas menos en situación de pobreza en comparación a un escenario en el que la desigualdad haya seguido creciendo.

No solo las enfermedades matan personas. También lo hace la injusticia social. La crisis del coronavirus ha puesto al descubierto la incapacidad de nuestro sistema económico, profundamente desigual, de beneficiar al conjunto de la sociedad. Los Gobiernos deben rechazar la desfasada fórmula de la austeridad brutal e insostenible, así como garantizar la prosperidad de todas las personas, y asegurar que su salud y su educación no dependan de su género o de su origen racial. Deben invertir en servicios públicos gratuitos y de calidad, ya que tienen un poder incomparable para reducir la desigualdad.

La cancelación de los pagos de deuda permitiría a los países pobres movilizar 3000 millones de dólares al mes, que podrían invertir en garantizar atención médica gratuita para todas las personas.

Las desigualdades deben abordarse de raíz para que no se sigan produciendo. Para ello, las empresas tendrían que reestructurarse, de tal manera que su prioridad sea el conjunto de la sociedad, y no repartir dividendos cada vez más cuantiosos entre sus ya de por sí ricos accionistas. Para acabar con la pobreza, no solo necesitamos salarios dignos, sino una seguridad laboral mucho más sólida, lo cual incluye garantizar los derechos laborales, las licencias por enfermedad y las prestaciones por desempleo para aquellas personas que pierdan su trabajo. Asimismo, los Gobiernos como empresas deben reconocer, reducir y redistribuir el volumen de trabajo de cuidados mal remunerado o no remunerado, que recae principalmente sobre las mujeres.

Un estudio llevado a cabo en el Reino Unido ha revelado que establecer un salario máximo de 100 000 libras (aproximadamente 133 500 dólares) permitiría redistribuir un volumen de efectivo equivalente al de un millón de empleos.

La crisis del coronavirus debe suponer un punto de inflexión en la tributación de las personas más ricas y las grandes empresas. Cuando miremos atrás, debemos ver esta crisis como el punto de inflexión a partir del que volvimos a gravar la riqueza de forma justa, incrementamos los impuestos a la riqueza y a las transacciones financieras, y pusimos fin a la elusión y evasión fiscal. Un sistema tributario progresivo que grave de manera justa a los más ricos de la sociedad debe ser la piedra angular de una recuperación justa de la crisis, ya que permitirá invertir en un futuro justo y verde.

Un impuesto sobre los beneficios excesivos obtenidos por las grandes empresas durante la pandemia de coronavirus podría generar 104 000 millones de dólares, una cantidad suficiente para financiar prestaciones por desempleo para todos los trabajadores y trabajadoras, así como para proporcionar apoyo económico a todos los niños, niñas y personas mayores de los países más pobres.

La crisis climática es la mayor amenaza existencial a la que el ser humano se haya enfrentado jamás. Ya está destruyendo medios de vida y arrebatando vidas en las comunidades en mayor situación de pobreza e históricamente oprimidas. La respuesta de los Gobiernos a la COVID-19 representa la última oportunidad para reducir las emisiones de carbono a la velocidad sin precedentes que se necesita. Debemos construir una economía verde que ponga fin a la degradación del planeta y lo preserve para las futuras generaciones. Es imprescindible acabar con las subvenciones a los combustibles fósiles e invertir en sectores de bajas emisiones de carbono para crear millones de empleos nuevos.

En los Estados Unidos, invertir un millón de dólares en energía renovables permitiría generar casi tres veces más empleos que invertir la misma cantidad en combustibles fósiles.

Tú puedes contribuir al cambio

Mientras la pandemia continúa, estamos trabajando a contrarreloj con organizaciones locales en más de 60 países para proporcionar la ayuda necesaria con el objetivo de frenar la propagación del virus y proteger a las comunidades de su impacto económico. Hasta el momento, hemos ayudado a 11,3 millones de personas, pero, con tu ayuda, podríamos ayudar a muchas más.