Elecciones imposibles: la lucha de las mujeres contra el hambre

Achta, from Chad, had to flee, following attacks by armed groups. Now she lives in a site for internally displaced people.

Achta, de Chad, vive en un campamento para personas desplazadas internamente, donde se alimenta únicamente de albóndigas de maíz. "A veces me paso noches enteras sin dormir pensando en qué darles de comer a mis hijos al día siguiente", cuenta. Fotografía: Mahamat Ibrahim Saleh/Oxfam

"Yo puedo soportar el hambre, pero el niño no". Para Clavel*, que vive con su nieto de 11 años en una ciudad fronteriza de Venezuela, conseguir comida es una lucha constante. Desde que comenzó la pandemia de COVID-19, las personas en situación de vulnerabilidad como ella han tenido que reducir el número de comidas diarias o seguir una dieta más pobre.

La economía venezolana sufre una fuerte hiperinflación, y la pobreza ha aumentado. Ya antes de la pandemia, se estimaba que el 94 % de la población de Venezuela no podía permitirse alimentos suficientes. Además, este país sufre periódicamente lluvias torrenciales que ponen en riesgo la seguridad alimentaria de aquellas personas que, como Clavel, dependen de pequeñas plantaciones.

When her husband emigrated, Clavel* stayed in charge of her 11-year-old grandson. On many occasions she has had to stop eating in order to feed him.

Cuando su marido emigró, Clavel* se quedó a cargo de su nieto de 11 años. Muchas veces se ha saltado comidas para poder darle de comer. Oxfam ha puesto en marcha un comedor en su comunidad a través del cual les proporciona una comida caliente al día. También les ha suministrado un kit de prevención de la COVID-19. Fotografía: Rolando Duarte/Oxfam

Aunque es pensionista, el dinero que recibe apenas alcanza para comprar un paquete de harina o un kilo de arroz al mes. "La crisis ha sido tremenda. Muchas veces hemos pasado horas sin comida, sin comer nada. La situación es muy grave y para nosotras, las personas pobres, es aún peor", subraya.

La situación de Clavel no es un caso aislado. Cada año, millones de personas tienen dificultades para conseguir alimentos y algunas llegan a morir de hambre. La pandemia de coronavirus ha empeorado esta creciente crisis, agravando la pobreza y poniendo al descubierto las profundas desigualdades que existen en todo el mundo.

Quienes menos comen y las últimas en hacerlo

En total, hay 155 millones de personas en el mundo que viven en situación de crisis alimentaria o peor, lo que supone 20 millones de personas más que el año pasado. De ellas, en torno a dos de cada tres pasan hambre a consecuencia de la guerra o los conflictos en los que están inmersos sus países.

Esto afecta de forma desproporcionada a las mujeres y las niñas, quienes, además, suelen tener que exponerse a enormes riesgos para conseguir alimentos. También son quienes normalmente comen menos, y las últimas en hacerlo. Muchas mujeres además se han visto obligadas a abandonar sus empleos o no poder trabajar en las épocas de siembra debido a los conflictos y los desplazamientos.

Housseina, president of a gardening association supported by Oxfam, poses for a portrait in the collective field she shares with other muslim women in Bangassou, the Central African Republic.

Housseina, presidenta de una asociación de campesinas que cuenta con el apoyo de Oxfam, posa para una foto en la huerta colectiva que comparte con otras mujeres musulmanas en Bangassou, en la República Centroafricana. "Cuando empezamos a trabajar en la huerta, dejamos de pensar en todo lo que habíamos perdido", relata. Fotografía: Adrienne Surprenant/Oxfam

Housseina Tindombi, una agricultora de Bangassou, en la República Centroafricana, se vio obligada a huir de su hogar en enero de 2021 debido a los ataques. Cuando regresó a su barrio tras un mes viviendo con su familia en un campamento precario, se encontró con que tanto su hogar como sus campos de cultivo habían sido saqueados. “Sentí un dolor inmenso. Nos alimentábamos casi exclusivamente de las verduras que cultivábamos, y ahora no sé cómo voy a alimentar a mi familia.”

Housseina y su familia ahora comen tan solo una vez al día. Sus hijos, aún en periodo de crecimiento, nunca comen carne o productos lácteos. "No podemos permitírnoslo", dice. Desde el comienzo de la pandemia, más de la mitad de la población del país (2,4 millones de personas) se ha visto afectada por una situación de inseguridad alimentaria y nutricional aguda. Esta cifra supone un incremento de más del 30 % con respecto al año anterior.

Housseina empezó a cultivar verduras para evitar el hambre. Gracias a la formación y las semillas que Oxfam le proporcionó, se convirtió en una impulsora del cambio en su comunidad.

"Irme a la cama con el estómago vacío ya es normal para mí"

La guerra en Yemen, que dura ya casi una década, ha despojado a la población de sus ahorros, y la mayoría carece de recursos para comprar comida. Los bloqueos y el conflicto han provocado un aumento desorbitado de los precios de los alimentos. Según las previsiones, este año más de 16 millones de personas se verán en situación de inseguridad alimentaria o incluso peor. Las mujeres, las niñas y los niños son las personas más perjudicadas. Los actuales niveles de malnutrición no tienen precedentes, y más de un millón de mujeres embarazadas y madres lactantes y 2,3 millones de niñas y niños menores de 5 años experimentan malnutrición aguda.

Aishah, from Yemen, has been on the run for 3 years now, carrying only her 4 children, a bag of clothes and a blanket.

"En un día con suerte, conseguimos entre 1 700 y 2 000 riales yemeníes (casi 3 dólares) y puedo comprar yogur, algunas verduras y pan. Cuando puedo, también compro harina para hacer pan. Si hago la comida y hay sobras, mis hijos las toman para la cena. Pero estamos acostumbrados a dormir con el estómago vacío", relata Aishah. Fotografía: Ahmed Al-Fadeel/Oxfam

Aishah y sus cuatro hijos llevan huyendo tres años, llevando consigo tan solo una maleta de ropa y una manta. Aishah también se ocupa del bebé de 11 meses de su hermana. Los cinco salen juntos todos los días a recolectar basura y conseguir dinero reciclándola. A menudo, lo que consigue apenas alcanza para comprar algo de yogur y pan. A veces no llega para comprar nada.

"Cuando no tenemos nada que comer, la mayoría de las veces me cuesta dormir a los niños por la noche. Piden comida. Intento distraerlos contándoles historias hasta que se duermen. Entonces me quedó mirándolos y rezo por una vida mejor hasta que me vence el sueño".

"A pesar de la sequía, seguíamos cultivando y cuidando de nuestro ganado. Comíamos tres veces al día y podíamos alimentar a nuestros hijos de forma adecuada. Para desayunar, solíamos hornear pan y calentar leche. Tomábamos maíz o sorgo y leche para comer, y sopa de maíz y leche para cenar. Ahora solo comemos cuando conseguimos algo de comida".

Maryan Bodrle, Etiopía

En Siria, la guerra ha hecho que cada vez más mujeres se conviertan en el principal sustento de sus familias. En la mayoría de los casos, es la primera vez que tienen que buscar un trabajo remunerado y carecen de cualificación suficiente para optar a empleos con condiciones dignas y salarios justos. Sus escasos ingresos apenas permiten cubrir los gastos de sus familias.

Según un estudio realizado por Oxfam, las familias encabezadas por mujeres estaban entre las más afectadas por el hambre: han reducido considerable su consumo de alimentos y se han visto obligadas a saltarse comidas. Algunas familias han tenido que recurrir al matrimonio infantil para hacer frente a esta situación y poder sobrevivir.

A plate of boiled potato – a regular meal that Syrian women make to offer to their children when they have not enough money to buy any other food items.

Un plato de patatas cocidas es la comida habitual que las mujeres sirias ofrecen a sus hijos cuando no tienen dinero suficiente para comprar otros alimentos. Fotografía: Islam Mardini/Oxfam

“Hemos estado atrapados en nuestro pueblo durante casi tres años. Perdimos nuestras cosechas y todos nuestros ahorros, y tuvimos que vender el ganado para sobrevivir. ¿Cómo te sentirías si el único alimento que puedes ofrecer a tus hijos es un plato de hierbas cocidas? Irme a la cama con el estómago vacío ya es algo normal para mí,” cuenta Lena, de 32 años y madre de tres hijos, en el sur de Siria.

Actualmente, tres de cada cinco personas (es decir, 12,4 millones de personas) se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda en Siria, lo cual supone un incremento del 88 % con respecto al año pasado, uno de los mayores del mundo.

La crisis climática se agrava

El cambio climático es el tercer gran factor que ha acelerado la grave crisis de hambre en el mundo este año; una crisis que ha continuado intensificándose para millones de personas que ya estaban fuertemente afectadas por los efectos de los conflictos, la pobreza generada por la COVID-19, y las cada vez más frecuentes tormentas, inundaciones y sequías que han destruido granjas y cosechas enteras. Los últimos siete años han sido los más cálidos desde que hay registros, especialmente 2020.

Trabajar el campo a 50ºC y con sequias recurrentes es todo un desafío. Sin embargo, en Burkina Faso, para la gran mayoría de la población, que depende de la agricultura para alimentarse, es una cuestión de supervivencia.

"Toda mi vida me he dedicado a la agricultura", cuenta Alizeta Sawadogo, de 55 años. "Solía cultivar cereales, pero cada vez llueve menos y la temporada seca es cada vez más larga y calurosa. Las cosechas son cada vez más escasas".

Alizeta applies organic compost on her crops, with the help of another farmer.

Alizeta utiliza compost orgánico en sus cultivos gracias a la ayuda de otra agricultora. Toda su vida se ha dedicado al cultivo de cereales. Pero las cosechas son cada vez más escasas debido a los efectos del cambio climático. Gracias al apoyo de las ONG ATAD y Oxfam, Alizeta ha aprendido técnicas de cultivo que le permiten diversificar su actividad. Fotografía: Samuel Turpin/Oxfam

A estas dificultades se suman el conflicto en el norte del país, que está destruyendo comunidades enteras y obligando a las personas a abandonar sus tierras; el impacto económico de la COVID-19, que ha provocado el aumento de los precios de los alimentos; y la temporada de escasez, en la que apenas hay reservas hasta que llega la cosecha. Como resultado, dos millones de burkineses están sumidos en una crisis de hambre. Este es el caso de Alizeta, que perdió sus tierras y a su marido, y se ha quedado al cargo de ocho hijos a los que alimentar.

Gracias al apoyo de la ONG Alliance Technique d'Assistance au Développement (ATAD), Alizeta pudo unirse a un grupo de 50 mujeres sin tierras y en situación de vulnerabilidad para trabajar en una explotación colectiva de dos hectáreas que cuenta con cuatro pozos. Para ella, el grupo ha supuesto una oportunidad para reinventarse a sí misma: "He aprendido a cultivar alimentos orgánicos utilizando técnicas ecológicas y ahora puedo alimentar a mi familia durante todo el año", dice con orgullo.
 

Apoyar a las mujeres para acabar con la crisis de hambre

Solo se podrá acabar con esta crisis si se toman medidas drásticas y de manera colectiva para acabar con las injusticias subyacentes que la provocan. A medida que los Gobiernos avancen en la reconstrucción tras la pandemia de COVID-19, será necesario adoptar medidas urgentes para construir sistemas alimentarios más justos y resilientes al servicio de todas las personas. Esto incluye asegurar que las mujeres lideren la respuesta a la pandemia, así como abordar la discriminación que sufren las productoras de alimentos en cuestiones como el acceso a la tierra, los mercados y el crédito.

Haz un donativo ahora para proporcionar un apoyo vital a familias vulnerables de todo el mundo y ayudarlas a luchar contra el hambre.